El surgimiento y desarrollo de la pintura

El surgimiento y desarrollo de la pintura

También en la pintura, el siglo XVI es tiempo del surgimiento de los primeros pintores quiteños y de los comienzos de una tradición de maestros y talleres que llegaría a convertirse en auténtica Escuela.

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El primer maestro de pintores es el ya nombrado fray Pedro Gosseal, natural de Lovaina, compañero de fray Jodoco Ricke y profesor de pintura en el colegio franciscano de San Andrés. Otro formador de artistas, este en su taller, fue Luis de Rivera, el compañero de Robles.

El primer quiteño que se destaca como gran pintor es el dominico fray Pedro Bedón. Aprendió pintura en Lima, en donde parece haber recibido influjo del hermano jesuíta Bernardo Bitti.

En 1586, de regreso en Quito, organiza la Cofradía del Rosario, y da en ella lugar especial a pintores. Entre los años de 1588 y 1592 constan en el libro de la Cofradía, de puño y letra del dominico, estos cofrades, con el calificativo de “pintor”: Alonso Chacha, Andrés Sánchez Gallque, Antonio, Cristóbal Ñaupa, Felipe, francisco Gocial, Francisco Guijal, Francisco Vilcacho, Jerónimo Vilcacho, Juan José Vásquez y Sebastián Gualoto.

Las reglas del arte

El P. Bedón fue uno de los teólogos que defendieron el derecho del pueblo para protestar por las Alcabalas; por ello fue desterrado a Bogotá.

Primero en Bogotá y después en Tunja pintó numerosas obras de caballete e hizo pintura mural en los refectorios. Fue la suya una pintura devota, de colores vivos y de reconocible estilo. De regreso en Quito enseñó arte y pintó.

Como maestro enseño que “un pintor perito para adquirir a perfección su arte, necesita primeramente que le enseñen las reglas del arte, los modos de componer los colores, la proporción con que se los debe mezclar y la manera de pintar las imágenes; segundo lugar, necesita el uso, porque nunca resultará pintor si no se ejercita en la pintura; en tercer lugar a menester de excelentes modelos, en los cuales ve cumplidos a cabalidad todas las reglas de la teoría”.

En 1600, el P. Bedón pintó el que acaso sea su cuadro más famoso: la Virgen de la Escalera, para la recoleta de los dominicanos. Oleo seguro en el color y sabio en el empleo de los pigmentos, devoto e ingenuo, que anuncia, por el ordenamiento de los elementos, el barroco y testimonia, sobre todo en la túnica y manto de la Virgen, el gusto quiteño por el primor.

En otras obras, el fraile se acercó al barroco por el claroscuro y el ritmo de las figuras: san Pedro Mártir, San Nicolás de Tolentino.

El siglo XVII: el gran siglo de la pintura quiteña.

Hacia la mitad del siglo XVII, el cronista Rodríguez Do- campo, en su “Descripción y relación del estado eclesiástico del Obispado de San Francisco de Quito” (1650), se admiraba de todo lo que había hecho el arte quiteño – distinguiendo cuidadosamente lo que había sido hecho en Quito de lo que se había – traído de fuera.

Muchas de esas maravillas ya no existen el saqueo del patrimonio artístico nacional ha sido descomunal y falto de escrúpulos; y a él se han añadido desastres, como los terremotos; pero se hicieron y pertenecen a la historia del arte ecuatoriano.

En la catedral – admira Docampo – “el coro con sillería de madera y pintura al óleo de todos los profetas”; en San Francisco halla muchísimo que ponderar: “el retablo del altar mayor es de cedro, armado sobre pedestales de piedra, que sube hasta la cima de la bóveda y llena todo el hueco del altar mayor, así la frontera como los colaterales, con imágenes de bulto de San Francisco y los Apóstoles San Pedro, San Juan, San Pablo y en la superior la imagen de Ntra. Señora de la Concepción, y a los lados de epístola y evangelio el Santo Crucifijo y la Imagen de Nuestra Señora, labrada en piedra, muy antigua”; y las capillas; y el coro, que es de sillería, “bastante adornado de imaginería al óleo en cuadros dorados”.

La respuestas al arte

San Diego -dice- es “edificio muy bueno, con pinturas de la Pasión y Misterios de Nuestra Señora, al óleo, en las paredes de los claustros”. Santo Domingo, “toda la cubierta dorada y pintada de imágenes al óleo y curiosas hechuras”, con retablo superior, rico de imágenes de pincel al óleo.

La Merced, con “retablo grande con imágenes de pincel al óleo”. La Compañía “tiene retablo rico, con imágenes de bulto y pincel, al óleo, de diferentes misterios” y con los altares y capilla de San Ignacio “con retablos y grandes dorados e imaginería curiosa”.

Esta es una imagen fresca y de primera mano del esplendor logrado por un arte cuyos comienzos en el siglo XVI fueron más bien humildes, aunque entusiastas y decididos. Quito, convertida ya en ciudad universitaria y rica de manifestaciones culturales y literarias y ufanas por la gran empresa de evangelización de nuestras selvas orientales, respondía a una clara vocación de ciudad de arte. Comenzó por completar su imagen de ciudad religiosa monumental.

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