La arquitectura de la iglesia de Santa Clara

La arquitectura de la iglesia de Santa Clara

A unas pocas cuadras de la plaza mayor se edificó el monasterio e iglesia para las monjas franciscanas de Santa Clara. Casi destruida por un terremoto la primera iglesia, se comenzó a mediados de este siglo XVII la definitiva. Trató los planos y dirigió la construcción fray Antonio Rodríguez, una de las figuras grandes de la arquitectura colonial quiteña.

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Fray Antonio Rodríguez nació en Quito y entró de lego franciscano en 1653. Para 1664 trabajaba ya como arquitecto partes del convento franciscano. Su habilidad y conocimiento del oficio hicieron que se lo requiriera para muchas obras conventuales y civiles.

Ciertas acusaciones mezquinas, había puesto en algunas celdas servicios higiénicos con caño de agua, lo que se estimó contrario a la pobreza monacal, y salía con frecuencia de la clausura motivaron que el Comisario de la Orden en América lo sancionase con destierro a Lima.

Quito entero protestó porque se le privaba de persona “de gran habilidad y necesarísimo para dichos edificios que totalmente faltarán cesante su industria” como dijo el Cabildo. Fue tal el alboroto, que el fraile regresó y siguió trabajando para la monumentalidad de la ciudad.

Los retablos del crucero

La iglesia de Santa Clara, con torre en una esquina, casi sin fachada, y con dos puertas laterales decoradas en su tímpano (o zona del frontón, sobre la puerta, que se adornaba con esculturas) con bajos relieves con figuras de claro origen nativo, tiene como cosa notable un domo elíptico y una cúpula octogonal con precioso grupo de cupulines. A principios del siglo XIX el viajero sajón Stevenson escribió: “Esta bella muestra de arquitectura fue enteramente ejecutada por indios en el año de 1657”.

En Guápulo, pequeño vallecito en las estribaciones orientales de la meseta quiteña, por el lado por el que Orellana había penetrado en el Oriente, se veneraba, desde inicios del siglo XVI, una primitiva tela de la Virgen de Guadalupe. Se fundó cofradía y se levantó ermita y para ella, como vimos, talló Robles primorosa estatua.

Más tarde se hizo un primer santuario, y en el XVII se emprendió la construcción de la actual iglesia, más larga y amplia. Tiene una sola nave, cortada por una lateral, en cruz, y cúpula sobre el crucero. Para la decoración interior se contrató a grandes pintores: Miguel de Santiago y Goríbar, que pintaron telas y decoraron el sagrario y nichos y puertas.

La fábrica del magnífico santuario se terminó en 1693 y comenzó la talla del retablo del altar mayor, que se encargó al maestro Juan Bautista Menacho, bajo cuyas órdenes trabajaron habilísimos artistas indios.

En 1699 Menacho entregó el retablo, y comenzó a trabajar los retablos del crucero. Se trabajaba ya para entonces en la fachada de piedra. Y quedaba aún mucho por pintar y decorar para el siglo siguiente.

La conclusión de la iglesia

También los mercedarios se empeñaron en este siglo en hacer iglesia y convento que no desmereciese de la ciudad. La espléndida basílica que hoy admiramos fue una segunda edificación y solo se terminó en el siglo siguiente, en 1736.

Pero en el XVII se concluyó otra iglesia -en 1627-y en la segunda mitad del siglo se levantaron los magníficos claustros, con bellos retablos en las esquinas. Dirigió la obra fray Juan de Aguirre, autor de los cuatro retablos, que doró Antonio Gualoto, quien, a más de dorador, era hábil escultor. Gualoto talló para los cielos rasos hermosos artesones de madera, y los doró Francisco Pérez.

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