Las construcciones de los jesuitas

Las construcciones de los jesuitas y sus arquitecturas.

¡Qué bullir de edificaciones, tallado en piedra de fachadas y en madera de retablos, y cuánto esculpir y dorar y pintar para hacer de la ciudad un alarde arquitectónico que no pidiese favor a ninguna otra en el Nuevo Mundo! Pero, con todo, la obra más bella y suntuosa de la arquitectura colonial quiteña la iban a hacer los jesuitas.

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En 1595 ocuparon los de Loyola los solares en los cuales se levantan hoy la iglesia de La Compañía, el colegio y las edificaciones que fueron del Real de Lima y de la Universidad de Quito.

Los jesuitas, que se sentían obligados como nadie a hacer servir el arte a la mayor gloria de Dios y esplendor del culto católico, se propusieron edificar un gran templo, que emulase a los más bellos y ricos de los suyos de Europa.

De Europa llegó el plano, que seguía el modelo jesuítico de las iglesias del Gesú y la de San Ignacio, en Roma: tres naves y crucero; alta la central, abovedada, y bajas las laterales, con cupulines; en la nave central dos grandes cúpulas: una sobre el crucero y otra, algo menor, sobre el presbiterio; la bóveda central sostenida por arcos de medio punto, asentados sobre grandes columnas cuadradas. Todo de exactos equilibrios de masas y tan luminoso como para desplegar en su interior, al amor de esa luz, la más rica ornamentación barroca.

Marcos Guerra un arquitecto insigne y escultor

En 1636 se hizo cargo de la construcción el hermano jesuita Marcos Guerra, “arquitecto insigne y escultor eminente” como dijera el escritor jesuita P. Pedro de Mercado, que tan bien lo conoció. Para 1690 estaba terminada la parte interior del templo. ¡Todo un siglo había llevado el trabajo! La fachada se llevaría casi otro medio siglo.

Para el colegio y la universidad de San Gregorio y para alojar los varios ministerios, de extraña intensidad, de los jesuitas se había hecho una sólida y bella construcción de tres claustros. Y mucho de todo ello se había levantado robándole espacio a una profunda quebrada, con admirable obra de arquería.

Y los jesuitas hicieron también capillas y hermosas casas conventuales en otras partes del territorio nacional.

El hermano Marcos Guerra dirigió también la construcción de la iglesia del Carmen Antiguo y los claustros del monasterio, allí a dos cuadras de la iglesia de los de Loyola, en el sitio mismo donde había vivido Santa Mariana de Jesús, quien había profetizado que su casa se convertiría en monasterio.

Las capillas de los jesuitas.

El nombre de Míarcos Guerra es uno de los mayores de la arquitectura quiteña del XVII, porque, como dice Mercado, “con ocasión de hacer las obras de nuestro colegio enseñó a otros y de su enseñanza salieron grandes oficiales, con que se le deben al Hermano Marcos, no solo los edificios que él fabricó a gloria de Dios sino también los que han edificado sus discípulos”.

Al hermano jesuita se debe la introducción en la arquitectura sacra quiteña de la cubierta abovedada de la nave central y la cúpula sobre el crucero.

En cuanto a esos discípulos suyos, no tenemos nombres. En esta gran empresa de la arquitectura monumental quiteña del XVII – una de las más altas glorias del arte ecuatoriano – trabajaron cientos de quiteños anónimos, mestizos e indios, que con su encaprichamiento en el oficio dejaron indudable prueba del genio del hombre ecuatoriano.

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