Un admirable centro de arte

Un admirable centro de arte en la mitad del nuevo mundo

Los españoles trasplantaron a América toda su cultura y arte. Comenzando por la función que en la católica España se había dado a cultura y arte: presentar ante el pueblo los conceptos católicos sobre el hombre y la vida y exaltar los valores católicos: su dogma, sus héroes, sus grandes empresas.

Quito fue constituida ciudad española en 1534, sobre las ruinas del Quito indígena. Parece que la mayor parte de la gente del Quito indígena vivía en el Valle de los Chillos donde se habían asentado los mayores caciques y en lo que es hoy Quito solo había palacios, templos, un gran mercado e instalaciones militares.

Solo así se explica una ubicación tan difícil: lugar alto y frío, al pie de enorme montaña, cruzado por descomunales quebradas que, con las lluvias recogidas por el Pichincha, se convertían en mortales y estremecedoras avenidas de agua y lodo.

Los españoles recelaron sin duda ir a meterse en el Valle densamente poblado de grupos indígenas ricos y fuertes, trazaron, como pudieron, la planta de su ciudad en el Quito de montaña.

La ciudad para crecer tuvo que vencer el reto de las quebradas con enormes arquerías: mucho de lo que es el Quito monumental está edificado sobre el vacío. Fue una ingente obra de ingeniería.

No menos entusiasta fue la tarea, emprendida muy tempranamente, de levantar iglesias y conventos y grandes casas de adobe y teja. Para las iglesias se iban a tallar retablos, y para los retablos, estatuas, y para las paredes de iglesias, conventos y mansiones, se iban a requerir pinturas.

Pronto Quito se convertiría en bullente taller de arte y artesanía. Y sería tal la calidad de cuanto allí se labrase, tallase, dorase y pintase, que sus obras se reclamarían desde muy distantes puntos de América y hasta desde Europa. Y de tan reconocibles por su calidad y ciertos rasgos estilísticos, tan bellos trabajos darían para que se hablase de una Escuela Quiteña.

Los comienzos: el siglo XVI

La primera gran obra del arte quiteño y, a la vez, primer I gran centro de ese arte fue el convento franciscano, que se fundó en 1534, el mismo año de la fundación española de la ciudad. “Hizose fundación – dice un cronista primitivo de la Orden franciscana – dos cuadras de la plaza, en el sitio y lugar donde solían vivir los capitanes más poderosos del Inga”.

Según otras fuentes, en ese lugar, que es el que desde entonces ocupan la iglesia y el convento de San Francisco, estaba el Palacio de Huainacápac.

En ese convento fray Jodoco Ricke (o Rick o hasta Rijcq como escribe el Libro de Cabildos) enseñó a los indios desde arar con bueyes hasta a leer y escribir. Y su compañero fray Pedro Gosseal les enseño a pintar.

Dice una vieja crónica que formó “hasta mui perfectos pintores” y añadió que “pone gran admiración la gran habilidad que tienen i perfección en las obras que de sus manos hacen’. Es esta la primera constancia de la habilidad para el arte de las gentes quiteñas y su primer elogio.

En 1555 los franciscanos fundaron el colegio de San Andrés y allí, junto con la de otros oficios, se institucionalizó la enseñanza y práctica de la pintura. Fue ese sin duda el primer semillero para todos los talleres que pronto comenzarían a surtir de arte a templos, conventos y casas quiteñas.

El surgimiento de la Real Audiencia de Quito

Quito crecía y se afirmaba como una de las ciudades importantes de ultramar. En 1566 se erigió la Real Audiencia de Quito. Y a pocos años de aquello la ciudad comenzaba a constituirse en centro de cultura, sobre todo desde que, en 1589, los jesuitas establecieron el primer colegio.

Pero la ilustre ciudad no solo sería emporio de talleres artísticos y artesanales, y celebrado centro de estudios de humanidades, filosofía y teología, sino también foco de altivos reclamos cívicos: en 1592 el pueblo se levantó en la Revolución de las Alcabalas.

La Corona, por cédula de 1550, ordenó que se construyesen catedrales. La de Quito, hecha en gran parte con trabajos de minga, se concluyó en 1565 antes era una edificación pequeña, al estilo indígena: tapiales de barro y cubierta de paja. Más tarde se completó la obra con la decoración y los retablos, y pudo consagrarse el 29 de junio de 1572.

El espacio plano disponible para la catedral era tan reducido que la iglesia debió situarse, no de frente a la plaza mayor como todas las catedrales hispánicas, sino de lado. Detrás donde se alza ahora la iglesia de El Sagrario estaba una de las enormes quebradas.

La Catedral de Quito y sus origenes

Las Relaciones Geográficas de Indias hablaron de la catedral de Quito como de la mejor del Perú. Las del Cuzco y Lima se comenzaron más tarde.

La arquitectura de la catedral es más bien simple: un gran rectángulo con naves divididas por pilastras que sostienen arcos ojivales. Al lado norte, el que da sobre la plaza, un gran atrio de piedra con antepecho, comunicado con la plaza por una escalera de piedra, a la que años más tarde se daría la forma de abanico.

Pero la gran obra de la arquitectura quiteña del XVI y una de las más importantes y hermosas que se hayan hecho nunca en América fue la iglesia de San Francisco.

Para 1553 había comenzado su edificación y, bajo la dirección general de fray Jodoco Ricke, hacía de maestro principal un indio: Jorge de la Cruz Mitima. Canteros y albañiles eran indios yanaconas a quienes fray Jodoco recompensó con tierras del convento. En 1573 la iglesia estaba terminada.

Los ingenieros habían tenido que resolver un gran problema: el declive del terreno, que en la esquina de las actuales calles Cuenca y Sucre se hacía quebrada. El sabio fraile hizo construir de piedra un enorme y hermoso atrio, cien metros de largo por doce de ancho y logró el terreno plano necesario.

El atrio desciende a la gran plaza por una escalera de doble abanico. La obra del atrio fue tan monumental que la leyenda hizo tomar parte en su construcción al diablo. Cantuña habría hecho arreglo con él para que lo levantase a cambio de lo que el diablo pretende de los humanos: su alma. Solo que el muy ladino ocultó una piedra y así cuando el demonio reclamó lo pactado él pudo argumentar que aún le faltaba algo a la obra.

La iglesia y el convento una gran obra de estilo herrerianó

La iglesia, monumental, tiene tres naves con crucero y ábside – es decir, el final semicircular de la nave central – Encima del crucero se alza una alta cúpula. Las naves se dividen por pilastras de piedra que sostienen arcos de medio punto -o semicirculares- En el ábside está el presbiterio y, presidiéndolo todo, el gran retablo central.

Como ya lo dijimos, San Francisco, la iglesia y el convento, es una gran obra de estilo herrerianó. Y da la impresión propia de ese estilo: de severidad, solidez y grandeza. (Importa advertir que la gran obra estilo herrerianó de España, la basílica del Escorial, solo se terminó en 1582).

La severidad del estilo renacentista de la fachada del templo contrasta con la decoración interior, en la que hay artesonados moriscos y bóvedas ornadas con lazos mudéjares. Y en los retablos, con columnas de variados estilos y elementos decorativos de gran riqueza, puede sentirse la raíz india.

Completa la gran obra arquitectónica el convento, en el que lo más bello es el claustro principal: alrededor de inmenso patio dos galerías superpuestas, la inferior con 104 columnas de piedra, dóricas, enlazadas por arcos de rasgos moriscos, y la superior, de arcos sostenidos por unas columnas cortas, bulbosas, desconocidas fuera de la arquitectura quiteña y después imitadas en otros conventos de Quito y de América.

Para la construcción de la iglesia de los dominicos llegó a Quito Francisco Becerra, uno de los más famosos arquitectos españoles, en 1580. No pudo permanecer hasta terminar la obra -debió partir para hacer las catedrales de Lima y Cuzco-, y ello privó a la iglesia de unidad de estilo. Sí lo tuvo el claustro, que deja una impresión de gran solidez y sencillez.

El desarrollo del arte arquitectónico quiteño

Al terminar el siglo XVI Quito era ya una ciudad monumental. Tenía tres amplias plazas -plaza mayor, plaza de San Francisco y plaza de Santo Domingo- y a su vez tres grandes iglesias. Terminado el convento de San Francisco, estaban para terminarse los de Santo Domingo y San Agustín. Y había ya otras iglesias, menos monumentales, y construcciones civiles solariegas.

La cantera del Pichincha surtía de abundante piedra a los constructores, y los grandes bosques del Valle de los Chillos proveían de madera de excelente calidad para cubiertas y artesonados. La mano de obra era indígena.

Junto a maestros llegados a España, los más hábiles de los nativos asimilaban las técnicas europeas y comenzaban a plasmar ideas e imaginería propia. El arte arquitectónico quiteño iba cobrando, ciertos rasgos – muy sencillos al comienzo – que lo diferenciarían de los modelos españoles. Mayor que en la arquitectura iba a ser el aporte en la escultura y la pintura.

En especial dentro de las iglesias iba a haber muchos espacios como para que los artistas indios desplegasen su imaginación creadora y plasmasen, aunque fuera de contrabando, ciertas formas para ellos entrañables.

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